La Sonrisa de Daniel

Mi nombre es Lídice. Siempre me llamó la atención servir en Xtreme Kids, ya que soy una persona con mucha energía y soy capaz de voltearme de cabeza con tal de capturar la atención de un niño; gasto todas mis energías cada domingo al dar clase y trato de conectar con cada niña semanalmente. Pero luego pensé: “¿Qué si puedo hacer esto mismo con niños en otras partes del mundo?” Fue así que Dios incomodó mi corazón, y puso en mí un anhelo por ir a un viaje misionero.

Al investigar en la página de Visión Global, me di cuenta que me faltaban 2 años para cumplir con la edad requerida. Y aunque económicamente era una locura, ya que mi papá estaba pagando mi fiesta de quince años y no era lógico pedirle más dinero para irme a un viaje misionero, algo dentro de mí me hacía sentir segura de que sí podía ir.

Fue entonces que se me ocurrió recibir solo dinero de regalo en mi quinceañera, y gracias a eso pude pagar mi viaje a la sierra. Desde el momento que Dios puso en mi corazón pagar mi viaje misionero con el dinero que recibiera de regalo yo sabía que iba a lograr juntar el dinero. Hablé con mis padres y mis líderes acerca de mi deseo de servir más a Dios. Sin duda, cuando llegó el día el dinero era más que necesario…¡Mi viaje iba ser posible!

Empaqué todas mis cosas con todo lo necesario para sobrevivir un fin de semana, y con una actitud expectante me propuse dar lo mejor de mí. Pensé que iba a orar por las multitudes y que la Sierra viviría un avivamiento o algo por el estilo. Pero cuando llegué, me encontré con la sorpresa de que solo me pusieron a lavar trastes. Yo estaba dispuesta a servir de todo corazón, pero quería orar por alguien y dar algo más que solo un servicio de limpieza. El fin de semana se me iba como agua por los dedos y no había un alma por la cual hubiera orado.

Pocas horas antes de irnos, un grupo comenzó a orar por la gente. De pronto me percaté que los niños no estaban siendo atendidos y decidí improvisar una clase de “Xtreme Kids”. Había un niño llamado Daniel, quién se veía muy apagado y no hablaba ni una sola palabra; incluso llegué a pensar que me iría sin ver su sonrisa. Había escuchado sobre niños maltratados y mi meta por las últimas dos horas de ese viaje era hacerlo sonreír.

Mientras esta clase que monté espontáneamente seguía, Daniel poco a poco iba saliéndose de su caparazón. Primero se quitó sus manitas de la cara, después se puso de pie cuando los demás niños comenzaron a bailar. Llegó un punto en la clase donde Daniel tenía una sonrisa de oreja a oreja. Esa sonrisa hizo que mi viaje valiera la pena. Busqué tanto el rostro de Dios durante ese fin de semana, que cuando estaba a punto de irme, no podía dejar de pensar en las semillas que cada uno dejamos en ese lugar… la mía, se había quedado en la sonrisa de Daniel. En este viaje serví de muchas maneras, pero Dios me enseño que realmente lo encuentro a Él cuando mi corazón está con la gente.

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